lunes, 9 de junio de 2008

Crónicas: Piromaníacos

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Observando ayer la calle de mi casa, me acordaba de un suceso a principios de la década. Si mi memoria no me falla, era en el 2001, año en el que apenas era un adolescente.

Todo sucedió en un terreno que estaba a unos cuantos metros, casi frente a mi casa. El lugar tenía años, desde que vivo, de estar abandonado. El punto es que la época eran vacaciones de primavera, en marzo, justo antes de la “semana santa”. Como era costumbre en aquel entonces, mis cuates de la colonia y yo solíamos vagar y buscar diferentes formas de perder el tiempo. Entre una de esas ocasiones, un amigo vio unas hojas de un árbol que solo caen en la estación de primavera (no me pregunten como se llaman, porque no tengo idea). En una de esas, saca su encendedor creyéndose mucho.

-“estas hojas se encienden chido”- decía mi cuate mientras sostenía una hoja en una mano y en la otra el fósforo. Empezó a quemarlas todas a su paso y efectivamente, se desvanecían al instante y como el señalaba, chido.
Después de ello, no recuerdo bien que hicimos, el hecho es que dejamos de incendiarlas. Arrastradas por el viento, las hojas caían del árbol y nosotros observábamos tranquilamente como el compañero procedía a encenderlas. Al caer la noche, me fui a mi casa y pasaron algunas horas, hasta que observo por la ventana lo que sucede: medio terreno se estaba incendiando, con hojas y hierba destruida. Salieron los vecinos, cuyas casas estaban aledañas al lugar. También estaban los bomberos y uno que otro ciudadano curioso que acontecía lo ocurrido. Tras larga batalla, los bomberos apagaron los varios ¡metros! de altura que las llamas habían alcanzado. Yo con una enorme carcajada preferí no salir. Al día siguiente, salía de viaje. Antes de irme, tuve que pasar a comprar algo a un lugar cercano y tuve que pasar a pie. Regresaba tranquilamente a mi casa hasta que me habla el “maestro”. Este señor, se le conoce así porque repara de todo y vive precisamente en la casa de la esquina. El señor, un gordo medio moreno cuyo nombre desconozco hasta la fecha, empezó a echarme un sermón de buenos modales. Tuve que chutarme su sermón y todo porque nos vio incendiando tales cosas, aunque juró que no le diría nada a don Joaquín, un señor que supuestamente era el dueño de aquel terreno y al cual el “maestro” (nada que ver con el producto limpiador) conocía.

El terreno, actualmente funciona mitad oficinas, mitad bodega pero casi no se usan. Al maestro casi no lo veo. De lo que me acuerdo es que su hija le había echado el ojo a mi hermano, quien nunca sucumbió a los “encantos” (prácticamente nulos) de la hija del “maestro” sermoneador.

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