martes, 16 de diciembre de 2008

Crónicas: Gummy Bear

Hace como un año, recibí una intempestiva visita a mi casa. Era un antiguo cuate, el extraviado Gummy. Este personaje, a quien no veía hace años, es uno de los tantos con los que uno se encuentra a lo largo de la adolescencia. Un poco cambiado, pero básicamente el mismo, Gummy me invitaba a una exposición pictórica donde él participaba en beneficio del cuidado de los animales. Mientras platicábamos, recordaba qué había pasado con toda la “banda” de la cuadra donde vivíamos.

Después de platicar con el tal Gummy, me vinieron a la mente muchos recuerdos. Aunque últimamente he sentido “gacho” el paso del tiempo, y mirando atrás descubro que ya no estoy tan joven, me acordaba de aquellas tardes en que salía a vagar y poco estudiar (nunca me ha gustado), cuando podía escabullirme en otras casas y molestar a los vecinos, involucrarme en un sinfín de problemas (sin llegar a convertirme en un delincuente o algo por estilo) , sino más bien disfrutar esas tardes de juventud donde simplemente quieres pasarla bien, echar relajo y tomar tus propias decisiones independientes.

A Gummy lo conocimos en el típico parque que hay en cualquier colonia mexicana. Venía acompañado de un conocido de mi amigo Suárez. El acompañante (cuyo apodo que le impuse, no lo mencionaré por sonar demasiado grosero, para sus corteses ojos), hablaba como menso y tenía una nariz como de tractor (estaba más chueca que la de un boxeador) y sus nudillos tenían signos evidentes de cicatrices (sólo en una persona torturada había visto tales cicatrices).
Como sea, armamos la llamada comúnmente “retita” de básquetbol y tras un duro encuentro, les ganamos. El nariz de tractor se regresó a su jaula, perdón, a su casa y nosotros continuamos hablando con el tal G. Bear. Como les mencionaba, este personaje, traía sus “ondas bien acá locochonas”. Le entraba con fervor guadalupano a eso del graffiti y en una ocasión posterior, nos mostró sus cuadernos, todos llenos de dibujos y proyectos graffiti-artísticos que había aprendido gracias a sus andanzas con sus cuates de la escuela a la que asistía. En efecto, muchos de sus cuates eran “banda”, pero no grupo de amigos que hacían cosas tranquilas como los que yo hacía con mis amigos, como ver fútbol o jugar videojuegos, sino auténticos adolescentes dedicados a pintar bardas, pelearse con pandillas rivales y bailar el entonces poco conocido en Mérida, baile del “breakdance”.

De él aprendimos muchas cosas graciosas y extrañas, como los signos “cholos” y un estilo de pintar y dibujar bastante curioso. Ya se me olvidó el por qué dejamos de frecuentarlo. El gummy (en honor así porque uno de mis amigos dijo que se movía como “oso de goma”), una vez me devolvió mis discos con las cubiertas bastante fregadas, y a partir de eso, creo que nunca he vuelto a prestar mis discos a alguna amiga, amigo o familiar. Finalmente, clásico que todos crecen, aumentan las responsabilidades y dejamos de frecuentar al mencionado Gummy, a quien más adelante lo vi escupiendo fuego en un evento político. Por cierto, el éxito del apodo fue tan grande que todo el mundo empezó a llamarle así, a excepción de su familia. La verdad, no sé si todavía conserve el apodo, pero el otro día, mi hermano mencionó : oye, el otro día vi en la calle a gummy ...

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